ISLA DE TABARCA
La violencia del aire parece desencadenarse siempre bajo el signo de una fuerte descompensación. Todo su poder devastador, toda la agitación material y la dislocación de elementos que produce, tiene como fin último la restitución de algo que le había sido sustraído al lugar.
Los cadáveres del viento son iguales a los del fuego.
Cuando el agua rompe es blanca. Este es el fruto del maridaje del agua y el aire. Hay un enjambre que espumea en cada ola. El viento de Levante zarandea el barco, la mar picada dificulta el trayecto. Llevamos el rostro mojado de sal. Al fondo, bajo el cielo plomizo, se divisa la isla de Tabarca.
Al desembarcar caen algunas gotas. La lluvia pesa de una forma extraña, y las gaviotas se refugian en las rocas; no hay ala capaz de surcar este viento.
Caminamos por un sendero de tierra hacia la parte natural de la isla. El suelo está plagado de cáscaras blancas de caracol: los huesos de la calcinación, la espiral vacía de la ceguera. El caracol blanco es un amuleto del fin. En la tierra, entre las piedras de color verde, y sobre todo en los tallos de los espinos y los arbustos bajos y resecos, estos caracoles sepultan el lugar. La luz, remolino invisible, les extrajo todo su agua, devoró todo su color.
Casi en el extremo, una casa en ruinas de la que sólo quedan los muros exteriores. El abandono hecho materia, encarnado en la piedra. En el interior, sobre una pared desconchada, una inscripción: “te extraño”.
El escombro es una piedra atravesada por la desolación.
Bordeamos la isla en dirección al pueblo. La arena de una pequeña playa se encuentra totalmente cubierta de fragmentos de ramas rotas. El agua está ennegrecida por la acumulación de algas.
Al llegar al pueblo, el viento incrementa en intensidad hasta el límite de lo soportable. Se levantan grandes nubes de polvo y guijarros. Ah puertas de la visión derribadas por el viento, transparencia hermanada del aire y el ojo: el polvo nos ciega. Irritación. El viento produce lágrimas.
Las calles están vacías. Hay casas con las puertas abiertas por las que entra el viento salvajemente, golpeando las esterillas con violencia. No aparece nadie. Por todas partes hay edificios abandonados. El pueblo está sumido en un estado de ruina. Hay algunos pozos: todos parecen estar secos.
Una larga cinta blanca ondea por el aire, movida por el viento, con un extremo anudado a unas tablas de madera. Velo semitransparente, su peso es el de los párpados durante el sueño. Cordón de humo, sombra blanca del viento: danza de la alucinación.
Al comienzo de un callejón desierto, una mesa para cuatro. Sobre ella, un jarrón con flores secas y un mantel envejecido. Hay una ceremonia que aún debe ser celebrada. Espera.
Al pie de un muro, dos figuras impregnan el lugar con su vagar errante. Coronando una larga puerta, protegida por unas tejas, una sola palabra: AMANECER.
Avanzando hacia el muelle, un cementerio de barcas. Un interrogante sobre un muro desconchado. Otro en el suelo. Isla de Tabarca, terra incógnita, lugar desértico para la alucinación. Lo abandonamos bajo una gran nube de polvo.





























































