31 agosto 2006

CALLE LUIS VICENTE DE VELASCO

Oficialmente, mi casa pertenece a la calle Luis Vicente de Velasco, ya que es la más cercana, a pesar de que el acceso habitual es por otra calle. Esa otra calle, Leonardo Torres Quevedo, es la principal, la transitada, la que lleva al centro de la ciudad y por la que hay abundante circulación de coches y autobuses. Luis Vicente de Velasco, sin embargo, es una calle apenas transitada, utilizada básicamente para el acceso a la residencia. Mi casa está situada justo al final, en un recodo que es incluso desconocido por algunas de las personas de la zona, y que se mantiene al margen del recorrido principal.

Esta calle siempre ha tenido un componente muy inquietante para mí. Normalmente sólo la recorro cuando voy a coger el autobús para ir a la universidad. Muchos de estos recorridos son a primera hora de la mañana o última de la tarde. Se trata de una zona cuidada, pero el abandono en el que está sumida la calle en esas horas, con la correspondiente calma no estática, resulta turbador. Muchas veces he encontrado objetos curiosos y papeles escritos, personas extrañas y paredes con detalles sorprendentes. Pero hay dos cosas que me resultan fascinantes y misteriosas sobre todas ellas. La primera es las grandes formas circulares que describen las hojas secas debido a las corrientes de viento que se forman los días de viento sur en los rincones más apartados. La segunda, la cantidad relativamente grande de pájaros muertos que aparecen, si lo comparamos con otras calles.

Un día, regresando a casa, encontré algo que, como imagen, me impactó mucho. Se trataba de una paloma muerta bajo las hortensias, justo antes de mi portal. Me pareció una imagen muy poética. Estuve tentado de incluirla en el blog en su día, pero decidí no hacerlo porque me pareció que no estaba justificado, que quedaba demasiado descolgado, demasiado suelto, sin motivo. Hoy ya no es así.


Durante el mes de junio de este año me sucedieron, a diario durante el transcurso de una semana, varios hechos muy curiosos. De todos ellos, voy a mencionar uno de los menos poderosos, pero que con el tiempo ha crecido en riqueza y complejidad. De nuevo, me encontraba de regreso a casa por una acera con arbolitos a los lados. A lo lejos vi, sobre la hierba, una silla de bebé. Me acerqué intrigado, de espaldas a la silla. Giré para ver si había algo dentro: nada. Totalmente desolador. Me di cuenta de que era bastante pequeña, así que pensé que sería una silla de juguete olvidada o abandonada allí por alguna niña o niño. La observé durante largo rato. Esa sillita encarnaba en sí misma toda la poética del abandono que tanta importancia tiene para mí. Subí a casa, cogí la cámara para fotografiarla, y justo cuando salí del portal empezó a llover de una forma tan intensa que pensé en volver. Sin embargo, continué, y cuando llegué a la sillita había disminuido lo suficiente como para poder sacar la fotografía.


Hace una semana, salí del portal con bastante prisa, pero me quedé clavado: había una sillita en el borde de la acera. Esta vez la silla no era de juguete. Era una silla grande, de verdad. La vi de espaldas, como la otra, y me acerqué no sin cierto temor a ver si había algo dentro. Vacía. Y estaba exactamente en el mismo lugar en el que apareció la paloma muerta bajo las hortensias. Esta vez llevaba la cámara encima. Las sensaciones producidas hacía semanas por la otra silla se multiplicaron en el tiempo hasta llegar al presente y ser potenciadas increíblemente por este hallazgo.


Al día siguiente, fui a tirar unas botellas al contenedor de vidrio, situado al comienzo del recodo del que hablé antes, el que se toma para ir hacia mi casa. Al tirarlas me di cuenta de que había un chupete y un zapatito de bebé tirados entre dos contenedores. Me acerqué, alucinado. Cuando salí del estado de asombro, pensé en llevarme ambas cosas, pero al final sólo cogí el zapatito y pensé en realizar con él un objeto en el que llevaba tiempo pensando. Al rato, relacioné estos objetos con la sillita del día anterior, y no pude evitar sentir un nudo en el estómago al pensar en qué habría sido del bebé.

De nuevo, el día siguiente a este último hallazgo, había quedado con una amiga a primera hora de la mañana en mi portal, para ir a buscar una píldora postcoital. Cuando bajé ella ya estaba allí, esperándome. Comenzamos a andar, no sin cierta preocupación, y a los dos pasos nos topamos de frente con la sillita de hacía dos días. Me frené: estaba rota, como aplastada. Se lo hice notar a mi amiga. Ella me contó que hacía cinco minutos había pasado una señora y, sin darse cuenta de que ella estaba cerca mirándola, comenzó a pegar a la silla y a romperla, y luego se fue.

De repente, todo dio un vuelco: la silla de hace dos meses, la paloma muerta, la silla de verdad en el mismo lugar, el zapatito, la silla rota y mi situación actual con un posible embarazo real con mi amiga... Y todo ésto después de haber terminado "El amor loco", con el azar objetivo y el amor como tema nuclear...

21 agosto 2006

AMA

Siempre he estado de acuerdo en que hay que para descubrir lo verdaderamente poético, la belleza convulsiva, no es necesario irse lejos o buscar en lugares extravagantes: hay que indagar en lo más cotidiano, en lo más cercano, y descubrir en ello lo visible antes oculto.

Un día reciente, cualquiera, rutinario como los demás o maravilloso como los demás, volvía a subir en el ascensor de casa. Creo que llevo unos 18 años subiendo en el mismo ascensor. Y de repente apareció ante mis ojos una palabra, breve, solitaria, simétrica, perfecta, visible, tangible, rallada hace quién sabe cuánto sobre la superficie interior del ascensor, y esta pequeña palabra llenó muchos huecos de sentido: AMA

TACTILISMO

Recientemente he terminado la primera versión de un texto sobre el tactilismo. Llevaba tiempo experimentando en este campo, y desde luego seguiré en ello mucho tiempo ya que creo que es un territorio interesantísimo y estoy convencido de que su exploración puede aportar mucho, como ya lo ha demostrado el trabajo de otras personas con anterioridad.

Básicamente se centraba en la relación entre tacto y mirada, y tras descubrir varias características insustituibles del tacto, se hacía una incursión en cómo el tacto puede producir una ruptura en la experiencia visual, ocasionando un extrañamiento táctil que puede desencadenar un estado de asombro y perplejidad que quizá sirvan para reactivarnos vitalmente. Se proponían experiencias táctiles en el ámbito colectivo como forma de superar lo personal y dar a vivir a otras personas estas experiencias de otra forma lejanas a ellas.

Entre los objetos de los que se hablaba, destacan los "objetos de extrañamiento táctil", y los "objetos hostiles". Éstos últimos, táctilmente hablando, se caracterizan porque pueden dañar la piel, cortándola o pinchándola, por ejemplo. Si en la experiencia táctil la distancia entre objeto y sujeto forzosamente se anula, estos objetos ocasionan la ruptura definitiva de la frontera (piel) entre ellos. Esto no es del todo cierto: sólo se rompe una frontera, nuestra piel, ya que la otra piel (orgánica o inorgánica) es la causante de la ruptura. Olvidé mencionar también que, si toda experiencia táctil tiene lugar siempre entre dos pieles, la piel de los objetos hostiles estaría conformada de forma análoga a las hojas enrolladas de forma agudísima en las espinas y pinchos vegetales.

Mientras estaba inmerso en la escritura del texto, viví varias experiencias curiosamente relacionadas. Incluiré aquí sólo tres. La primera tuvo lugar en la presentación del libro por los XXV años de los premios José Hierro. El ambiente era completamente vomitivo, y sólo lo salvó la proyección del vídeo de José Hierro leyendo sus poemas. En un momento dado el amigo con el que iba salió a llamar. Di una vuelta entre la gente, y vi un gran charco de vino con restos de cristales esparcidos. En medio de ellos, un impresionante objeto: un pie de copa intacto, con bordes afiladísimos en la parte superior. Sin dudarlo lo recogí del suelo. La reacción instintiva de la gente era alejarse, y advertirme de que podía cortarme. Intenté explicar alguna vez el concepto de objeto hostil sin demasiado éxito.

Hace un par de semanas, Vicente Gutiérrez Escudero me comentó una experiencia táctil: un día quedó con una amiga suya. Cuando le fue a dar la mano notó cómo la piel quedaba ligeramente adherida a la de ella, ya que tenía en los dedos algunos restos de pegamento. Experimentó varias veces a tocar y despegarse, recreándose en la sensación táctil de adherirse a la piel amada y resistirse a la separación. Me propuso la creación y catalogación de "objetos pegajosos".

La semana pasada, mientras ayudaba a mi madre a hacer la cena, me saltaron de la sartén unas gotas de aceite en la mano que produjeron dos quemaduras casi idénticas. Pasado el dolor, lo relacioné rápidamente con las experiencias táctiles y el binomio placer/dolor que tiene en la piel su territorio natural. Me percaté de que su forma era similar a una lágrima. Decidí incluir en futuras ampliaciones del texto una indagación sobre la naturaleza de la quemadura y sus peculiaridades para con la piel y la experiencia táctil.

02 agosto 2006

TEORÍA SOBRE EL CHUPA-CHUPS

Creo que no existe ningún observador del género masculino, y a veces del femenino, que no se haya quedado atrapado por el tremendo erotismo que supone ver a una chica saboreando un chupachups. Es obvio que tiene unas connotaciones muy claras, pero... ¿se puede ir más allá?

Era una noche más. Nos regalaron unos chupachups junto a las copas que pedimos. Al salir a la calle, encontré a un amigo junto a dos chicas. El diálogo que se estableció giró en torno al chupachups, y de allí mi cabeza se enredó demasiado, hasta que surgieron dos teorías.

1) El chupachups es algo intrínsecamente erótico, puesto que constituye un símbolo del coito. ¿Qué es un chupachups? Una barra de plástico insertada en una bola de caramelo. Barra de plástico rígida, recta, hendido con cierta violencia: atributos que suelen atribuirse a lo masculino. Fijarse en el agujero que hay en la punta del palo. Bola de caramelo curva, sabrosa, de color intenso; sugerencias bastante claras de lo femenino. La bola de caramelo no deja de recordar al útero.

2) Según ésto, parece que el chupachups es un símbolo del coito heterosexual. Todo así lo indica. Pero centrémonos en la causa de estas disquisiciones: una mujer saboreando un chupachups. ¿Qué sucede durante este acto? La mujer introduce la bola de caramelo en su boca, segrega saliva, la envuelve con la lengua para deshacerla y saborearla. Todo el acto de la relación mujer-chupachups se centra en la bola de caramelo. Es un acto donde lo esencial es la lubricación. Saliva que lubrica el caramelo para deshacerlo y deleitarse saboreando la esfera dulce. ¿Y qué sucede cuando se ha consumido la bola de caramelo? La mujer tira el palo de plástico al suelo, lo ignora, lo deshecha. Así, se llega a la conclusión de que el símbolo coital inicial deriva, tras el acto de su consumo, hacia un elemento simbólico de la unión homoerótica.

Sólo queda un cabo suelto: ¿cómo interpretar la costumbre poco extendida de mordisquear el palo de plástico tras haber terminado el chupachups?