CALLE LUIS VICENTE DE VELASCO
Oficialmente, mi casa pertenece a la calle Luis Vicente de Velasco, ya que es la más cercana, a pesar de que el acceso habitual es por otra calle. Esa otra calle, Leonardo Torres Quevedo, es la principal, la transitada, la que lleva al centro de la ciudad y por la que hay abundante circulación de coches y autobuses. Luis Vicente de Velasco, sin embargo, es una calle apenas transitada, utilizada básicamente para el acceso a la residencia. Mi casa está situada justo al final, en un recodo que es incluso desconocido por algunas de las personas de la zona, y que se mantiene al margen del recorrido principal.
Esta calle siempre ha tenido un componente muy inquietante para mí. Normalmente sólo la recorro cuando voy a coger el autobús para ir a la universidad. Muchos de estos recorridos son a primera hora de la mañana o última de la tarde. Se trata de una zona cuidada, pero el abandono en el que está sumida la calle en esas horas, con la correspondiente calma no estática, resulta turbador. Muchas veces he encontrado objetos curiosos y papeles escritos, personas extrañas y paredes con detalles sorprendentes. Pero hay dos cosas que me resultan fascinantes y misteriosas sobre todas ellas. La primera es las grandes formas circulares que describen las hojas secas debido a las corrientes de viento que se forman los días de viento sur en los rincones más apartados. La segunda, la cantidad relativamente grande de pájaros muertos que aparecen, si lo comparamos con otras calles.
Un día, regresando a casa, encontré algo que, como imagen, me impactó mucho. Se trataba de una paloma muerta bajo las hortensias, justo antes de mi portal. Me pareció una imagen muy poética. Estuve tentado de incluirla en el blog en su día, pero decidí no hacerlo porque me pareció que no estaba justificado, que quedaba demasiado descolgado, demasiado suelto, sin motivo. Hoy ya no es así.

Durante el mes de junio de este año me sucedieron, a diario durante el transcurso de una semana, varios hechos muy curiosos. De todos ellos, voy a mencionar uno de los menos poderosos, pero que con el tiempo ha crecido en riqueza y complejidad. De nuevo, me encontraba de regreso a casa por una acera con arbolitos a los lados. A lo lejos vi, sobre la hierba, una silla de bebé. Me acerqué intrigado, de espaldas a la silla. Giré para ver si había algo dentro: nada. Totalmente desolador. Me di cuenta de que era bastante pequeña, así que pensé que sería una silla de juguete olvidada o abandonada allí por alguna niña o niño. La observé durante largo rato. Esa sillita encarnaba en sí misma toda la poética del abandono que tanta importancia tiene para mí. Subí a casa, cogí la cámara para fotografiarla, y justo cuando salí del portal empezó a llover de una forma tan intensa que pensé en volver. Sin embargo, continué, y cuando llegué a la sillita había disminuido lo suficiente como para poder sacar la fotografía.

Hace una semana, salí del portal con bastante prisa, pero me quedé clavado: había una sillita en el borde de la acera. Esta vez la silla no era de juguete. Era una silla grande, de verdad. La vi de espaldas, como la otra, y me acerqué no sin cierto temor a ver si había algo dentro. Vacía. Y estaba exactamente en el mismo lugar en el que apareció la paloma muerta bajo las hortensias. Esta vez llevaba la cámara encima. Las sensaciones producidas hacía semanas por la otra silla se multiplicaron en el tiempo hasta llegar al presente y ser potenciadas increíblemente por este hallazgo.

Al día siguiente, fui a tirar unas botellas al contenedor de vidrio, situado al comienzo del recodo del que hablé antes, el que se toma para ir hacia mi casa. Al tirarlas me di cuenta de que había un chupete y un zapatito de bebé tirados entre dos contenedores. Me acerqué, alucinado. Cuando salí del estado de asombro, pensé en llevarme ambas cosas, pero al final sólo cogí el zapatito y pensé en realizar con él un objeto en el que llevaba tiempo pensando. Al rato, relacioné estos objetos con la sillita del día anterior, y no pude evitar sentir un nudo en el estómago al pensar en qué habría sido del bebé.
De nuevo, el día siguiente a este último hallazgo, había quedado con una amiga a primera hora de la mañana en mi portal, para ir a buscar una píldora postcoital. Cuando bajé ella ya estaba allí, esperándome. Comenzamos a andar, no sin cierta preocupación, y a los dos pasos nos topamos de frente con la sillita de hacía dos días. Me frené: estaba rota, como aplastada. Se lo hice notar a mi amiga. Ella me contó que hacía cinco minutos había pasado una señora y, sin darse cuenta de que ella estaba cerca mirándola, comenzó a pegar a la silla y a romperla, y luego se fue.
De repente, todo dio un vuelco: la silla de hace dos meses, la paloma muerta, la silla de verdad en el mismo lugar, el zapatito, la silla rota y mi situación actual con un posible embarazo real con mi amiga... Y todo ésto después de haber terminado "El amor loco", con el azar objetivo y el amor como tema nuclear...
Esta calle siempre ha tenido un componente muy inquietante para mí. Normalmente sólo la recorro cuando voy a coger el autobús para ir a la universidad. Muchos de estos recorridos son a primera hora de la mañana o última de la tarde. Se trata de una zona cuidada, pero el abandono en el que está sumida la calle en esas horas, con la correspondiente calma no estática, resulta turbador. Muchas veces he encontrado objetos curiosos y papeles escritos, personas extrañas y paredes con detalles sorprendentes. Pero hay dos cosas que me resultan fascinantes y misteriosas sobre todas ellas. La primera es las grandes formas circulares que describen las hojas secas debido a las corrientes de viento que se forman los días de viento sur en los rincones más apartados. La segunda, la cantidad relativamente grande de pájaros muertos que aparecen, si lo comparamos con otras calles.
Un día, regresando a casa, encontré algo que, como imagen, me impactó mucho. Se trataba de una paloma muerta bajo las hortensias, justo antes de mi portal. Me pareció una imagen muy poética. Estuve tentado de incluirla en el blog en su día, pero decidí no hacerlo porque me pareció que no estaba justificado, que quedaba demasiado descolgado, demasiado suelto, sin motivo. Hoy ya no es así.

Durante el mes de junio de este año me sucedieron, a diario durante el transcurso de una semana, varios hechos muy curiosos. De todos ellos, voy a mencionar uno de los menos poderosos, pero que con el tiempo ha crecido en riqueza y complejidad. De nuevo, me encontraba de regreso a casa por una acera con arbolitos a los lados. A lo lejos vi, sobre la hierba, una silla de bebé. Me acerqué intrigado, de espaldas a la silla. Giré para ver si había algo dentro: nada. Totalmente desolador. Me di cuenta de que era bastante pequeña, así que pensé que sería una silla de juguete olvidada o abandonada allí por alguna niña o niño. La observé durante largo rato. Esa sillita encarnaba en sí misma toda la poética del abandono que tanta importancia tiene para mí. Subí a casa, cogí la cámara para fotografiarla, y justo cuando salí del portal empezó a llover de una forma tan intensa que pensé en volver. Sin embargo, continué, y cuando llegué a la sillita había disminuido lo suficiente como para poder sacar la fotografía.

Hace una semana, salí del portal con bastante prisa, pero me quedé clavado: había una sillita en el borde de la acera. Esta vez la silla no era de juguete. Era una silla grande, de verdad. La vi de espaldas, como la otra, y me acerqué no sin cierto temor a ver si había algo dentro. Vacía. Y estaba exactamente en el mismo lugar en el que apareció la paloma muerta bajo las hortensias. Esta vez llevaba la cámara encima. Las sensaciones producidas hacía semanas por la otra silla se multiplicaron en el tiempo hasta llegar al presente y ser potenciadas increíblemente por este hallazgo.

Al día siguiente, fui a tirar unas botellas al contenedor de vidrio, situado al comienzo del recodo del que hablé antes, el que se toma para ir hacia mi casa. Al tirarlas me di cuenta de que había un chupete y un zapatito de bebé tirados entre dos contenedores. Me acerqué, alucinado. Cuando salí del estado de asombro, pensé en llevarme ambas cosas, pero al final sólo cogí el zapatito y pensé en realizar con él un objeto en el que llevaba tiempo pensando. Al rato, relacioné estos objetos con la sillita del día anterior, y no pude evitar sentir un nudo en el estómago al pensar en qué habría sido del bebé.
De nuevo, el día siguiente a este último hallazgo, había quedado con una amiga a primera hora de la mañana en mi portal, para ir a buscar una píldora postcoital. Cuando bajé ella ya estaba allí, esperándome. Comenzamos a andar, no sin cierta preocupación, y a los dos pasos nos topamos de frente con la sillita de hacía dos días. Me frené: estaba rota, como aplastada. Se lo hice notar a mi amiga. Ella me contó que hacía cinco minutos había pasado una señora y, sin darse cuenta de que ella estaba cerca mirándola, comenzó a pegar a la silla y a romperla, y luego se fue.
De repente, todo dio un vuelco: la silla de hace dos meses, la paloma muerta, la silla de verdad en el mismo lugar, el zapatito, la silla rota y mi situación actual con un posible embarazo real con mi amiga... Y todo ésto después de haber terminado "El amor loco", con el azar objetivo y el amor como tema nuclear...




