14 mayo 2011

SOBRE "LA FLOR MÁS AZUL DEL MUNDO", DE EUGENIO CASTRO. EMILIO SANTIAGO.

El proyecto vital sobre el que se asienta un libro como La flor más azul del mundo (ed. Pepitas de Calabaza, 2011) es tan urgente y accesible, pero al mismo tiempo tan poco frecuente, y por tanto tan extraño, que uno nunca tiene la certeza de si alguien que se acerque al libro va a sintonizar con la disposición de espíritu que lo anima. Quizá lo confunda con cualquier otra de las cosas que no es, como un ensayo filosófico o un mosaico de piezas literarias más o  menos reflexivas. Por ello, al hablar de La flor más azul del mundo es mejor no dar nada por supuesto, aunque eso rebaje un poco las expectativas de los más familiarizados.

Para empezar, digo libro por comodidad, para entendernos, porque evidentemente es un libro, pero cuando se lee, se comprende con la misma claridad que es más que un libro. Este objeto es, ante todo, una suerte de vaso comunicante, de objeto médium entre campos de experiencia integrales que se transmiten  y se expanden de una vida a otra a través del libro; por un lado, su escritura dista mucho de ser una escritura literaria: es la condensación de toda una serie de vivencias reales y de reflexiones sobre las mismas que tienen en común el apuntar hacia lo maravilloso, hacia lo más exaltante e intenso de la vida humana; por otro lado su lectura no es simplemente la lectura de una serie de textos: en ella se activa el contagio, y las experiencias vitales que han animado esos textos reverberan en uno, predisponiéndole hacia la experimentación de lo maravilloso en su propio radio de acción.

En definitiva, este es un libro como son algunos libros de la corriente revolucionaria (digo corriente revolucionaria de manera intencional, para replicar a confusiones muy extendidas) en la que se enmarca: la del surrealismo. Salvando las distancias, su espíritu es, declaradamente, el de Nadja o El campesino de París, es decir, testimonios contagiosos de una vida inspirada.

Resulta interesante también mencionar un par de cosas sobre la filiación surrealista de Eugenio Castro y de La flor más azul del mundo. Eugenio Castro es miembro del movimiento surrealista internacional, participa desde hace años en el Grupo Surrealista de Madrid, que como él mismo señala, es un grupo orientado hacia la organización colectiva de la experimentación y del deseo para la transformación radical del hombre. Hay que tener en cuenta, por tanto, que mucho de lo que el libro recoge son frutos maduros de una actividad colectiva.

Para empezar a situar La flor más azul del mundo, quizá puede ser válido intentar comprenderlo dialécticamente, refiriéndome con ello a situar este libro como parte de un proceso que es más amplio (no se agota en el propio libro) y es conflictivo. Esto es, creo que resulta muy clarificador entender contra  quien se enfrenta este libro, y qué está aquí en juego; y hablo de un enfrentamiento que tal vez no sea consciente y mucho menos intencional, pero que a mi parecer es profundamente significativo.

Encuentro en La flor más azul del mundo tres líneas de discusión, enfrentamiento y divergencia subyacentes, que ordeno de menor a mayor importancia en la siguiente enumeración:

- Una oposición radical al mundo de lo artístico, aunque no se malgasten energías en combatirlo dado su grado de descomposición y obsolencia histórica.

- Una oposición frontal a la degradación de la actividad revolucionaria en actividad ideológica, con su visión estrecha y miserable tanto de la pobreza como de  la emancipación.

- Una polémica sana, pero con aquellos amigos y aliados que, estando en las mismas coordenadas (las de una revolución integral que reconoce en el deseo, la imaginación y la vida cotidiana un espacio de liberación) han desertado, sin embargo, de la dimensión positiva de esta lucha. Con dimensión positiva me refiero a las  pequeñas puestas en práctica de esa liberación en diversos planos concretos.

Como puede observarse, la posición que ocupa Eugenio Castro es valiente y complicada, muy fértil para la soledad, la incomprensión y el rechazo general, porque su actividad es profundamente beligerante con amplios sectores de la vida social en los que de manera superficial se podrían encontrar interlocutores: el mundo de lo artístico y el mundo de la política radical. Pero precisamente son estas series de líneas divisorias tan marcadas las que hace que su propuesta cobre un interés especial.

Metiéndonos ya en los contenidos de La flor más azul del mundo, podemos encontrar uno de sus centros de gravedad en la reivindicación que Eugenio Castro hace de lo poético, reivindicación que implica una redefinición, porque rompe con el uso común y popular de la palabra. Como ha venido defendiendo el surrealismo, lo poético desborda con mucho el poema y la literatura, para hacer referencia a una relación de vida, a un modo de abrirse al mundo, en definitiva, a un acontecimiento. En el primer texto del libro, que se llama Eso, Eugenio aborda lo poético con toda la precaución del que sabe que las palabras y los conceptos no sirven para bailar porque se pisan los pies. Nos advierte que la poesía se muestra antes que cualquier nombre, que aparece bajo ángulos imprevistos y que es absolutamente irreductible: ni al sociologismo, ni al historicismo, ni a la instrumentación racional: a ningún discurso. Lo poético es una suerte de gracia inútil que tiende a dignificar la vida del hombre, que tiende a desplegar lo maravilloso de su condición, que se da en todas las épocas y en todas las circunstancias.

Como experiencia de vida, lo poético adapta formas dispares, que Eugenio Castro testimonia en La flor más azul del mundo a un nivel personal, en base a sus propias vivencias, pero que no puede agotarse en ellas. Para él -y son casos que el libro documenta- la poesía y lo maravillo se manifiestan, por ejemplo, en la construcción de objetos, ese precipitado de poesía, de carácter manifiestamente lúdico, que rehabilita la transparencia del niño con sus juegos, libidiniza la vida y  redescubre una formulación mítico-personal de la materia. Y esto no debe confundirse con ninguna expresión artística, pues se trata de algo mucho más acorde al juego infantil. También en el encuentro, en la experiencia del amor como una fuerza insurreccional, en el callejear, en los dones que nos regala la intemperie, en ciertas situaciones que, por sus implicaciones, conllevan la reformulación de la noción de realidad que uno poseía -como por ejemplo una constelación de coincidencias y azares- en ciertas prácticas experimentales, como la desacción, esa deliciosa formulación que realiza Castro al final del libro para hablar de los antigestos que a uno se le caen de forma distraída del hacer cuando permanece en un estado de espíritu poético, cuando se asume la poesía como forma de vida, antigestos que pueden revelar profundos significados y sentidos.

Por supuesto, la poesía también se manifiesta en la escritura del poema, pero se trata de una escritura no literaria, que se le ha ido imponiendo a uno. “Poemas que se escriben como si se estuviera realizando un conjuro.” El  libro también cuenta con algunos ejemplos.

Es fácil percibir a qué distancia se encuentra la propuesta de lo poético que Eugenio nos sugiere respecto a la actividad artística: en las antípodas. Y no sólo se encuentra distante, sino en beligerancia, en guerra, porque en la línea de lo apuntado por movimientos como el de los situacionistas o el mismo surrealismo, el arte, lejos de ser una categoría universal, es una forma histórica que se ha convertido en un elemento clave de la dominación y la represión cultural del presente.

Y no sólo lo poético difiere del arte en cualidad, también en accesibilidad. Lejos de cualquier condescendencia con la idea de talento, singularidad o élite, Castro no deja de insistir en que lo poético es una experiencia que todo ser humano puede tener, tiene o ha tenido: regresa aquí la sentencia de Lautréamont convenientemente reformulada: la poesía debe ser experimentada por todos, lo que aclara cualquier confusión. No significa que todos hemos de reducirnos a escribir poemas, (triste civilización sería la de la república de los poetas) sino que la poesía ha de instaurase como práctica de vida común cotidiana en sus millones de manifestaciones posibles: una corriente caudalosa e incesante de vida inspirada al alcance de todos. Frente a la concepción aristocrática que subyace en la cosmovisión artística, incluso en sus concepciones más populares, democratizantes o participativas, Eugenio Castro se reclama de algo de completamente distinto: el comunismo del genio.

Y aunque la poesía  y la experiencia de lo maravillo son absolutamente inalienables, fenómenos autosuficientes generados por una forma de vida basada de una épica de lo inútil que no pueden ponerse al servicio de ningún proyecto instrumental, se produce en ellos una fascinante paradoja: su carácter inalienable, gratuito, emancipado, los convierte en armas para la guerra social en el contexto de una sociedad alienada y domesticada bajo los principios del utilitarismo y el productivismo inherentes a la sociedad capitalista-mercantil.

Porque, y esto es importantísimo no olvidarlo, este libro, con toda la humildad del que sabe del escaso radio de acción de un texto, es una suerte de palanca que pretende sabotear el engranaje de la maquinaria capitalista moderna. Y esta maquinaria de dominación, y he aquí uno de los puntos de fricción de La flor más azul del mundo con los discursos del mundo político antagonista, tiene un alcance mucho mayor de lo que habitualmente es conceptualizado por las ideologías revolucionarias. Con la progresiva colonización mercantil de la totalidad de la vida social, la dinámica de subordinación al ciclo del valor no sólo determina nuestras relaciones sociales, laborales, con la naturaleza, con nuestras instituciones políticas o la forma de nuestras ciudades, afecta   hoy a nuestros sentidos, a nuestra vida psíquica, a nuestra realidad emocional, a nuestros deseos, sueños e imaginación, en definitiva a nuestra cotidianidad integral, que esta siendo colonizada, degradada y desencantada en un proceso histórico que el Grupo Surrealista de Madrid ha denominado capitalismo de espíritu y Eugenio Castro imperialismo mental. Esta idea más amplia de la dominación y la pobreza abre mil frentes en la guerra social (que es una guerra de clases), que se vive también contra una civilización que subordina y deprime la realidad, caracterizada por producir en serie la minusvalía de la vida humana, tanto en el campo social como en el campo mental.

Así la poesía, y hoy menos que nunca, no puede subordinarse a ningún uso instrumental de corte ideológico, ella será revolucionaria cuando actúe de manera revolucionaria, y no cuando se rebaje a la propaganda. Lo que enfrenta a propuestas como La flor más azul del mundo con el mundo revolucionario con el cual comparten, sin embargo, aventura y proyecto, es su rechazo frontal a ser instrumentalizadas por alguna suerte de revival moderno del realismo socialista. La poesía tiene su propio papel en un cambio social generalizado, especialmente en lo tocante a las disposiciones mentales, psíquicas, afectivas y sensibles de las personas, que al igual que la economía o la política, también deben de ser transformadas al unísono, sin subordinación, en igualdad de condiciones, en coordinación pero sin ingerencias de ningún planteamiento político programático.

Por tanto, La flor más azul del mundo supone una suerte de compilación de pequeños actos de resistencia, escaramuzas de una guerrilla de descolonización contra el imperialismo mental.

Pero no se trata sólo de resistir. La resistencia es estéril si no se ejerce enfrentando a la dominación una alternativa. Entre aquellos que nos hemos lanzado a la guerra contra el actual orden de las cosas de un modo total, que incluye también esos aspectos poco frecuentados de la guerra de clases (la imaginación, el sueño, el juego, lo sensible) existe una tendencia muy arraigada que podríamos denominar como asentamiento en el polo de la negatividad. Es una posición que se caracteriza por una perspectiva tan crítica que alcanza un punto de saturación en el que no queda margen de maniobra para la emancipación. En consecuencia, se rechaza cualquier intento práctico de búsqueda y experimentación de lo poético como lugares de una libertad que se presupone como imposible, hasta que se produzca una enmienda a la totalidad de la actual formación socioeconómica en forma de revolución. En parte, es una posición justificable y en cierto sentido sana, dada la capacidad de recuperación que el capitalismo ha demostrado, convirtiendo en la nueva mercancía estrella cada una de las amenazas que lo ha puesto en peligro (y las amargas victorias del surrealismo y del situacionismo son buenos ejemplos). Pero en este momento histórico se ha convertido en algo también contraproducente. La primacía de lo negativo tenía cierta lógica en los años 60, los años de la actividad de la I.S., cuando el espacio social de la revolución estaba colmado por una falsa positividad omnipresente, la del leninismo, que era el principal enemigo. Y esta negatividad es un tic que hemos heredado sin cuestionar, junto a otros muchos tics, del legado situ, que por cierto nos urge revisar. Hoy, a diferencia de los 60, no hay espacio de revolución en nuestras coordenadas sociales, primando el compromiso más absoluto con la impotencia. Y en este contexto, un movimiento revolucionario, de lo que más sediento está es de ejemplos prácticos que combinen a un mismo tiempo crítica negativa y afirmación positiva de una alternativa. Esta reivindicación del polo positivo de la crítica no está fundamentada sólo en un apunte táctico. Aquellos que se mantienen anclados en la negatividad cometen un error teórico y perceptivo fundamental: cosifican el proceso social del capitalismo, que siempre está en juego en cada momento, que es frágil, abierto y disputable. Caen en lo que Holloway denomina fetichismo duro. Como decía a su vez Ernst Bloch, la acción emancipadora ha de combinar una mirada fría, refractaria al engaño, con una mirada cálida, refractaria a la desilusión. Castro, en este libro obra en consecuencia. Como ya hemos dicho, no traza sólo unas líneas de resistencia crítica, sino que testimonia espacios de positividad, reservas de utopía concreta, documentos de una vida emancipada aquí y ahora, rechazando en las palabras y sobre todo en los hechos aquella tesis, tan asumida incluso dentro de nuestros propios círculos revolucionarios, de que el capitalismo ha ocupado hasta el más mínimo resquicio de la vida social.

Creo que el significado general de este libro puede sintetizarse en un pequeño párrafo con el que Eugenio cierra uno de los textos que aquí se recopilan, y que me parece especialmente sugerente:

“Toda teoría crítica sobre la creación de un nuevo imaginario que se desee emancipador corre a su fracaso si la primera no se formula, y el segundo no se genera, sobre la base de su experiencia y experimentación”. 

Ambas, teoría y práctica, se formulan y experimentan en este libro de forma unitaria: en el debate sobre la imagen como instrumento de dominación, en el testimonio de una experiencia de tiempo desordenado en la ciudad de Lisboa, en la reivindicación de Rompetechos, el personaje de tebeo, o de Gaspar Hauser como una tierra de nadie del lenguaje, y en todos y cada uno de los textos que conforman este volumen.

Y para cerrar, como no podía ser de otra forma, y como ya he mencionado, este es un libro vibrante, que contagia. Al leerlo se activan o se refuerzan toda una serie de inquietudes, de disposiciones mentales y afectivas hacia la aventura, hacia lo maravilloso, que es lo que termina de dar sentido a La flor más azul del mundo. Como ya dijimos al principio, se trata principalmente de un mecanismo para el trasvase de una suerte de actitud. La flor más azul del mundo no se recibe pasivamente, te reta, introduce en tu estado de ánimo una especie de sed por lo maravilloso que tiende a traducirse en experiencias vitales concretas e intransferibles.

Paradójicamente, que se publique un libro como La flor más azul del mundo es, al mismo tiempo, un éxito y un fracaso. La flor más azul del mundo se inscribe en un proyecto histórico que tiene por objetivo que la vida cotidiana de todos y cada uno de nosotros y nosotras se vuelva poética, inspirada por el contacto y la experimentación de lo maravilloso. En definitiva, el mundo con el que soñamos fuera un mundo donde la riqueza pasional de la vida diaria nos permitiera a todos tener por hábitat el tipo de vivencias elevadas e intensas que aquí se testimonian. Y si todos tuviéramos nuestra Flor más azul del mundo personal quizá careciera de sentido publicar, en la acepción actual de la palabra, libros como este (más allá de compartir dichas experiencias con la gente cercana en un ámbito comunitario de comunicación y juego, que siempre tendrá vigencia). Sin embargo, hasta que se den las condiciones históricas para una vida más plena, libros como este se presentan como una suerte de destellos que iluminan el camino hacia nuestros mejores augurios.

Emilio Santiago